Esta entrada la publiqué en otro blog el 21 de agosto de 2012
Escribir es a veces fastidioso, sobre todo cuanto te obligan a ello. Mas, a veces, el hombre necesita dejar plasmado su pensamiento, ya sea para él mismo o para el futuro, para esa visión de futuro que nos caracteriza a los hombres. Escribir, a veces, sin pensar en los que escribimos, como esa écriture automatique del surrealismo, siendo como André Breton en su Les Champs Magnétiques y otras veces habiendo pensado demasiado.
No pensamos en la suerte que tenemos a ver cómo nuestra lengua se encuentra codificada y la de libros que guardan el saber con palabras de la lengua de Cervantes. No todas las lenguas tienen esas suerte. Muchas de ellas morirán sin que nadie sepa nada de ellas. Otras morirán habiendo dejado su nombre en el registro de algún lingüista que sólo pudo documentarla. La muerte de una lengua no es sólo una mala noticia para quienes fueron sus hablantes sino para todo el género humano. Se pierde una forma de ve el mundo, una manera de entender la realidad, de clasificarla, de acceder a ella. Se pierde conocimiento y nos volvemos, en cierta parte, menos humanos.
Hay gente que no tiene quien le entienda. Es la triste suerte del último hablante de una lengua. Casi, como un milagro, alguien escribirá ciertas palabras que se oirán por última vez en la boca de esa persona. Milagro es lo que se puede llamar a lenguas como el hebreo, las cuales se vuelven a hablar después de mucho tiempo en la oscuridad de la historia.
Ójala se pueda escribir en todas las lenguas y no muera ninguna. Es una utopía. Mientras tanto, se intenrá pensar que la humanidad descubra lenguas como el esperanto, el ido o interlingua. Quizás sea la única forma de poder escribir y hablar en lenguas que tienen fecha de caducidad y se resisten a perecer en paso de la historia.
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